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      Hoy manejando camino al consultorio me enteré de la muerte de Diego Maradona. Lo escuché a través del llanto desconsolado de un periodista argentino bastante mayor llamado Horacio Pagani. Su llanto desabrigado me provocó una profunda tristeza. También me puse a lagrimear, el llanto infantil de un hombre grande contagia.

      Maradona no fue uno de mis ídolos de la adolescencia, si bien lo admiré profundamente como jugador de futbol. Él como nadie más pudo hacernos creer que una sola persona puede ganar un partido e incluso una copa mundial. Un solo hombre contra todos.

      Verlo doblegar a la selección inglesa por partida doble, el primer gol con una mano bandida y el otro con una jugada digna de ser retratada por un artista plástico (Maradoniana), van a ser de las imágenes más recordadas por mí. Esos goles me hicieron ver el mundo más humano. Algo de lo mágico se coló por mi vida y homologué una victoria en una cancha de futbol a empardar una derrota en una guerra injusta, cruel y absurda como fueron las Malvinas. Por lo menos por un momento. Esos son algunos de los regalos que nos hace el futbol, nos hace sentirnos diferentes.

        Fue ahí que el jugador, ya héroe se convirtió en una especie de Dios terrenal. De aquellos parecidos a los del Olimpo, donde mostraban sus miserias mucho más humanas que celestiales. Y el Diego fue un dios griego, uno con minúscula que también mostró públicamente aquello que nosotros intentamos poner debajo de la alfombra. Él fue un líder de lo indecoroso. De eso que todos tenemos, de lo que nadie puede abstraerse, y de eso que rechaza pero que es tan propio.

        Maradona nos mostró descarnadamente lo que somos, lo contradictorio que podemos ser. El Diego de los contrastes, de los claroscuros. Porque eso tenía él, amalgamaba todos los colores del universo de las emociones, de las lealtades y las traiciones, de los amores y los odios. Maradona tenía la virtud de ser aquello que admiramos y rechazamos al mismo tiempo. Aquello que solo lo pueden generar esas figuras que nos subyugan en sus faltas. Tan nuestras, tan suyas.

        Un dios terrenal, un hombre que vivió como un dios, pero que sufrió como un hombre.

        Hoy lloro por el Diego, pero también lloro por ese viejo periodista que sollozaba como un niño abandonado, y sobre todo lloro porque ya no creo que solo un hombre gane una batalla desigual ⬛