Es la ciudad más cosmopolita de Asia Central. Una metrópolis moderna, vibrante, con una enorme y variada oferta cultural. Aunque desconocida para buena parte del mundo occidental, Almaty ya impresiona desde el aire. Cuando el piloto del vuelo de Astana Airlines anunció que el avión estaba próximo al aterrizaje, por la ventanilla pude apreciar la impactante cordillera de Zailysky Alatau, conocida en español como las montañas celestiales con sus picos nevados de casi cuatro mil metros de altura, sobre cuyas laderas se ubica la urbe más popular de Kazajistán, capital de esta exrepública soviética hasta 1998, y el centro económico, turístico y cultural.

Emprendí el viaje como parte de mis actividades profesionales, interesado en conocer de cerca el clima en el que se practica el periodismo en un país donde prevalecen serias limitaciones para ejercer la libertad de expresión. Kazajistán tiene un sistema de gobierno que estuvo signado durante décadas por el culto a la personalidad encarnada en el liderazgo de Nursultan Nazarbayev, quien abandonó la presidencia en 2019 luego de casi 30 años, pero aún sigue manejando los hilos del poder después de haber sido proclamado líder con inmunidad vitalicia.

Entre reunión y reunión, logré abrir espacio en la agenda para poder recorrer la ciudad. Con estaciones bien marcadas, invierno crudo y extenso con abundante caída de nieve y un verano más breve, aunque cálido, visité Almaty bien entrado el otoño, hacia mediados de noviembre.

Estaba nevando y si bien hacía frío las temperaturas no bajaron de cero y, con el sol calentando el ambiente, el clima se tornó agradable. Me sorprendió, de entrada, la amplitud de sus avenidas y la elegancia de sus arbolados bulevares. La tranquilidad de sus calles combina el matiz de exóticos templos del periodo zarista con los edificios, grises y hasta casi melancólicos, de la época soviética; coloridos mercados y cafeterías que respiran un ambiente universitario y juvenil.

No hay mejor manera para tomar el pulso a una ciudad que caminar, caminar y caminar. Enfundado en una campera abrigada, con guantes y un gorro de lana para protegerme del viento gélido del otoño kazajo, comencé a deambular a la deriva armado con el GPS. Llevaba anotados algunos destinos fijos que había marcado en el itinerario. El periplo, ya pasado el mediodía, comenzó en el Parque de los Héroes de Panfilov, uno de los puntos neurálgicos de la ciudad y con una historia sugestiva, ideal para comenzar el recorrido de las principales atracciones.

Cubierto con varios centímetros de nieve, en el parque sobresale con nitidez la llamada Catedral de Ascensión, un templo ortodoxo ruso de estilo zarista y fachada multicolor. La catedral, erigida en 1907, tiene varias características que la convierten en una estructura tan curiosa como atrayente: está construida enteramente en madera -abeto azul- y no tiene ni un solo clavo. A pesar del rigor del clima, unos vendedores ambulantes se animan a desafiar el frío y despliegan sus productos al aire libre en un parque que hacia el mediodía congrega a numerosos locales.

La basílica, que llama la atención por sus llamativos colores, es considerada uno de los símbolos de la Segunda Guerra Mundial en Asia Central. Según cuentan los libros de historia, los sacrificados integrantes de un batallón comandado por el general Iván Panfilov ingresó a la tradición soviética como responsables de la salvaguardia de Moscú frente a la arremetida nazi.

Es una ciudad de considerable tamaño, con atractivos desperdigados en distintos sectores. Es que Kazajistán es un país grande, el noveno del mundo en términos de kilómetros cuadrados, que formó parte de la Unión Soviética y de hecho fue la última de las exrepúblicas de la URSS en declararse independiente en 1991. Por eso después de caminar durante más de una hora se volvió imperioso conseguir un taxi y para eso utilicé Yandex, una aplicación en el teléfono celular que funciona como el Uber kazajo. De todos modos, la comunicación no es sencilla porque el conocimiento de inglés de la mayoría de los conductores del servicio es sumamente limitado.

Para la hora del almuerzo, un periodista local me recomendó visitar uno de los mercados típicos de la ciudad, el bazar Zelyoniy, más conocido como el mercado verde. Allí se pueden encontrar todos los productos tradicionales, con una formidable variedad de especies, olores y colores. Los habitantes de Almaty se concentran allí en busca de frutos secos, carnes, pescados, frutas, verduras y productos lácteos dispuestos en las distintas tiendas, en un mercado que por su riqueza vernácula ha logrado sobrevivir a la influencia de los grandes centros comerciales.

Para disfrutar de la gastronomía, la ciudad tiene una cantidad de restaurantes y cafés que proliferan en sus distinguidos bulevares. La cocina kazaja se basa en el cordero, aunque también es muy común la carne de caballo. Los guisos son parte de la comida tradicional y más popular. Para combatir el frío me decidí por el pilaf que es un plato de arroz que se cocina en un caldo y va acompañado de carne, frutas deshidratadas y nueces, aunque su origen es uzbeko.

Almaty tiene, además, una fuerte impronta cultural, y una gran diversidad de etnias que lo vuelven un lugar cautivante. Muchos de los intelectuales que fueron deportados de la ex Unión Soviética se refugiaron en Almaty, ciudad que también recibió un importante flujo de expatriados chechenos, pero también familias coreanas y de otras exrepúblicas soviéticas. Ese flujo migratorio dotó a la ciudad de una singular riqueza multicultural en la cual, sin embargo, predomina el idioma ruso, aunque el kazajo se viene imponiendo con fuerza en los últimos años.

Una de las importantes ventajas que tiene Almaty es que no hace falta salir lejos de la ciudad para entrar en contacto con la naturaleza. Rodeado por grandes montañas, la ciudad permite a solo 25 minutos de auto del casco urbano (unos 20 kilómetros de distancia), escapar a Shymbulak, el principal centro de esquí de Asia Central, ubicado en el valle de Medeu.

Montado en un moderno teleférico, se puede admirar la belleza de las majestuosas montañas celestiales. La posibilidad de esquiar, escalar, caminar por los bosques o patinar sobre hielo sin tener que conducir durante horas, es un privilegio para habitantes y turistas que visitan Almaty. Para culminar el circuito, nada mejor que saborear un chocolate caliente con la espectacular vista panorámica de la ciudad y el sol cayendo en el horizonte: una auténtica belleza.

 

*Periodista argentino radicado hace más de 25 años en el exterior