En los dos números anteriores de la revista escribí breves artículos referidos al COVID-19. Si bien en esos dos momentos la situación en Uruguay era incierta, las cifras de infectados y enfermos, eran bastante favorables. Las autoridades habían tomado decisiones importantes y efectivas a partir del 13 de marzo cuando llegó el virus a Uruguay. En general las medidas fueron duras para todos, pero la mayoría de la gente acató y por unos cuantos meses la situación estuvo controlada.

      Hoy, ocho meses y medio después, la situación ha cambiado significativamente y para mal. En los últimos días los positivos se han multiplicado y la cantidad de casos que se ven especialmente en Montevideo, preocupan muchísimo.

      Desde hace varias semanas, antes de esta multiplicación de casos, la conducta de mucha gente fue cambiando, se perdió solidaridad, se perdió responsabilidad social y las consecuencias no tardaron en llegar. Los 200 casos diarios en algunos de estos últimos días, son consecuencia entre otras cosas, de esta falta de responsabilidad, de falta de solidaridad, de reuniones innecesarias, de conductas totalmente alejadas de las recomendaciones que hacen las autoridades sanitarias de la OMS y de casi todos los países.

      Si bien no había un explicación clara de por qué un país chico con vecinos enormes donde la situación sanitaria está descontrolada, podía mantenerse con cifras envidiablemente bajas, tampoco se logra entender como no se pudo lograr que la  gente entendiera que mucho era consecuencia de buenas conductas personales y grupales. Posiblemente el que nos fuera tan bien, nos hizo creer, que era un partido fácil, que no era necesario tomar tantas precauciones y cambiar tanto nuestras conductas habituales.

      Ahora empezamos a mirar con muchísima preocupación que el verano nos va a llegar con cifras muy altas de contagiados, una época del año donde las reuniones sociales y familiares se repiten, donde las actividades diurnas y nocturnas de muchos, potencian aún más  los riesgos de contagios…….

      Muchos adultos están enojados con los jóvenes porque no respetan las recomendaciones y a su vez los jóvenes se enojan con los adultos porque hace meses que los tienen encerrados y limitados en sus actividades sociales y recreativas. Creo que este es uno de los grandes dilemas a resolver, mientras la pandemia siga entre nosotros. Los adultos tenemos como desafío decisivo el hacerle llegar a los más jóvenes  un mensaje que los comprometa y los haga entender que de la conducta de todos, jóvenes y adultos, depende el resultado de este maratónico partido.

      No hay que echarles la culpa de todo a los jóvenes, porque también hay muchos adultos que no respetan las recomendaciones sanitarias básicas. Los adultos necesitamos a los jóvenes y los jóvenes (aunque ellos no lo crean) necesitan a los adultos.

      Hagamos todo lo posible, entre todos, para resolver esta dificultad de comunicación y comprensión, y quizás así podamos salir de este momento tan difícil. Es obligación de toda la sociedad  volver a hacer las cosas bien, para ver la luz al final del camino