Alberto Brause, Socio de Old Boy & Old Girls y ex alumno del colegio, habló sobre su experiencia vivida en el tenis profesional, sus pasajes defendiendo a Uruguay en Copa Davis, la posibilidad de desarrollarse en una Universidad de Estados Unidos y la complejidad que implica sostenerse en el deporte de alto rendimiento.

Jugó con leyendas como Mats Wilander, Gustavo Kuerten y los hermanos Bryan, disputó Roland Garros y dejó una gran cantidad de anécdotas en una nota muy entretenida.

¿Cómo se dio tu vínculo con el tenis?

Yo soy un apasionado del tenis desde que tengo uso de memoria. A los 5 años empecé a jugar, vengo de una familia muy vinculada al deporte y desde chico me llevaban a jugar, tanto a mí como a mis hermanos. En seguida me adapté al polvo de ladrillo, vivía jugando en casa dándole a la pelota contra la pared.

Ya en mi época de estudiante, por motivos académicos, obviamente que solo podía entrenar de tardecita o de noche, y me pasaba horas en el Carrasco Lawn Tennis, y fui mejorando. Había un acompañamiento en el que ibas jugando las juveniles pasando por diferentes etapas, por diferentes categorías y la competencia me fue haciendo evolucionar, empezamos a competir por Sudamérica. Yo era un pibe que si a los 15 años me hubieran mandado a una academia a Estados Unidos me hubiese ido feliz, pero mis padres tenían otra idea en cuanto a mí futuro y siempre me insistieron que tenía que terminar mis estudios. Incluso en esa etapa me pasaba que mis compañeros después del mediodía se pasaban entrenando mientras yo estudiaba, y recién después de terminar, de tardecita, podía sumarme a practicar, se hacían jornadas muy largas.

Cada paso que fui dando me fue llevando a ir creciendo dentro de los ambientes tenísticos, sobre todo sudamericanos.

¿Cuándo se da el salto al alto rendimiento?

En el Tenis es blanco o negro. Yo siempre digo que es el deporte más meritocrático.

Existen unas reglas que son iguales para todo el mundo, y un ranking que es igual para todos. No hay forma de acceder que no sea dentro de la cancha de tenis. Yo pertenezco a una generación de grandes tenistas sudamericanos como Gustavo Kuerten, Marcelo Ríos o Nicolás Lapenti, que son jugadorazos que despegaron rapidísimo, y en mi caso yo sabía de mis limitaciones; era uruguayo, no accedía a ese nivel de tenis, entonces siempre tuve la opción del estudio.

Cuando cumplí 18 años, tenía que decidir, si estudiar una carrera o volcarme al tenis profesional. A esa edad yo no tenía muy claro que quería de mi vida, y si bien quería jugar al tenis, ahí si hay una fuerte influencia familiar de tratar de guiarme para que continúe estudiando.

Ser profesional del tenis es muy complejo, pasas a exponerte ante los mejores del mundo, tenés que financiarte solo en un deporte que es caro, y yo encontré un intermedio buenísimo que era jugar becado en una Universidad de Estados Unidos.

Fueron cuatro años en los que estudiaba de mañana, entrenaba de tarde, tenía mucho tiempo para mejorar y el nivel era muy bueno. De hecho, eso es algo que hoy se utiliza bastante dentro del tenis para jugadores que utilizan esa instancia para después dedicarse de lleno al deporte profesional. Para mí fue una opción excelente que me permitió seguir estudiando y poder jugar.

¿Cómo viviste esa etapa en Estados Unidos?

Yo enganché en seguida, no fue para nada traumático sino todo lo contrario, fue una experiencia espectacular para crecer, para formarme, para hacerme a mí mismo. Con 19 años me fui con una raqueta y el desarraigo no me costó nada. Para mí era hacer lo mismo que venía haciendo, solo que con otros 12 tipos que me acompañaban en esto en vez de hacerlo con un grupo más reducido como me pasaba en Uruguay. Había tenistas norteamericanos pero también de otras partes del mundo y el nivel de exigencia era alto.

Hoy es más común, y los clubes de acá ya son conscientes de estas posibilidades y el sistema mismo te lleva hacia ahí, pero en aquella época era un salto al vacío más o menos. Siempre digo que es una opción muy buena para tenistas que quieren crecer y que todavía no pueden dar el salto a lo profesional.

¿Cómo recordás a la distancia tu paso por el tenis profesional?

El tenis profesional es un salto, es muy duro. Cuando terminé la Universidad, cumplí con lo que me pidieron mis padres, decidí iniciar mi camino en el profesionalismo. Tenía 24 años, había cumplido una serie de propósitos y pasos previos para tomar la decisión porque ya estaba en una edad en la que era eso o salir al mercado laboral. Y lo que me pasó fue que cuando vos encarás el tenis profesional con la cabeza de que si no cumplís con ciertos objetivos te vas y te dedicás a otra cosa se hace muy difícil porque la mente te trabaja distinto, no estás tan dispuesto a transitar ese camino durísimo que implica llegar a lo más alto en el profesionalismo.

En el tenis o te va muy bien estando entre los 150 mejores o realmente la estás peleando. Es algo que hoy de hecho desde la ATP lo están tratando cambiar, hay cada vez más torneos que reparten premios para los que están dentro de los 500 que al menos te permiten financiarte.

En 1998, cuando yo lo hice, era muy difícil. Me fue bien al principio, pero cuando empecé a ponerme ciertas expectativas comencé a encontrar una barrera dura de pasar, al intentar cruzar la barrera de los torneos de tercer grado a los de segundo, a los Challengers. El nivel era mucho mejor, la exigencia no me hizo sentir cómodo. Fueron dos años necesarios porque era algo que yo quería hacer, era un objetivo, pero no lo disfruté tanto por estar tan pendiente del resultado.

Por suerte tuve la opción de volverme a Uruguay y gracias a los estudios enganchar rápido en el mundo laboral.

¿Cuál fue tu mejor momento como tenista?

Cuando salí del College, en mayo de 1998, salí con unas ganas tremendas y me fue bárbaro hasta diciembre de ese año. Tuve muy buenos rendimientos en los torneos de Sudamérica y llegué a estar 550° del ranking ATP. Ya para 1999 armé una planificación de torneos más exigentes, para jugar Challengers, me fui a Europa, di un salto en cuanto a las expectativas, invertí más dinero. Ahí fue cuando empecé a sentir que no me encontré, comenzaron las lesiones, las vueltas a mi país para hacer las recuperaciones y el regreso a las competencias sin los resultados que esperaba. A fines de ese año tomé la decisión de que iba a seguir jugando al tenis, pero ya no a nivel profesional.

¿Cuál fue el mejor rival que te tocó enfrentar?

Fue en 1993, en un Challenger que había armado Diego Pérez y que fue la génesis del Uruguay Open. Le gané a mis pares uruguayos y tuve la suerte de jugar un partido con Mats Wilander, un jugadorazo que había sido n° 1 del ranking y que había sido invitado a ese torneo. Fue un partidazo en el que perdí 6-2 y 6-2, pero me quedo con la parte humana de aquel fenómeno que después de jugar me vino a dar consejos de cómo encarar el tenis profesional, se preocupó por saber cómo yo me había tomado aquella experiencia.

Después obviamente con los de mi generación que lograron llegar muy alto, como Gustavo Kuerten, con quién hoy mantengo una muy linda amistad, y también contra los hermanos Bryan de Estados Unidos.

¿Qué significó haber defendido a Uruguay en Copa Davis?

Eso es de lo más alto que me tocó vivir. Me tocó estar en una etapa en la que Filipini estaba retirándose y en esa transición había oportunidades para jugadores que estábamos surgiendo. Federico Dondo se afianzó rápido en el equipo de la Davis, y después tanto yo como Alejandro Olivera competíamos para ganarnos un puesto.

Ya no estábamos en el Grupo 1 de América, pero sí me tocó defender a Uruguay en partidos importantes, como un match contra El Salvador para no descender al Grupo 3, y fue de las experiencias más lindas. Duró poco porque mientras estaba en Estados Unidos no viajaba, por lo que solo pude defender a Uruguay un año y medio.

¿Cómo se vive un partido de Copa Davis? ¿Es diferente a todo?

Es diferente sí. Uruguay tiene una tradición de Copa Davis muy fuerte y cuando uno entra a la cancha las expectativas ya son distintas. Pero además te implica cambiar la cabeza rápidamente porque el tenis es un deporte muy individual y tenés que cambiar el chip de que ahora estás representando a tu país y con un equipo. A mí en particular esa experiencia ya me había tocado en el College, donde vos viajabas representando a la Universidad, y que me mentalizó para esa forma distinta de jugar. Pero la Copa Davis tiene otro nivel de presión, y la gente juega su partido, y a nosotros nos tocó llenar unos zapatos muy difíciles como los de Diego Pérez y Marcelo Filipini.

¿El torneo que más disfrutaste jugar?

Tuve el placer de haber jugado Roland Garros en mi etapa de juvenil. Si bien no pude jugar el cuadro principal y tuve que salir de la Qualy, gané dos partidos, llegué hasta la última ronda, y cómo era el que había quedado mejor rankeado me dieron un wild card a la espera que si alguno se bajaba del torneo yo entraba. Eso me permitió estar ahí en Roland Garros disfrutando desde adentro, viendo a Sergi Brugera, Tomas Muster, yo tenía 18 años, fue algo increíble.

¿Cómo te definís como jugador?

Soy el típico jugador de polvo de ladrillo, de aguantar tantos largos, físicamente firme. Tenía un estilo muy de jugar desde el fondo de la cancha, con buenos golpes desde el fondo, sobre todo con un buen revés. Cuando me volqué a jugar en las canchas rápidas de Estados Unidos mejoré mucho el saque y la volea y fui adquiriendo hábitos más de jugador de ataque y eso me ayudó a mejorar mi tenis.

¿Te costó retirarte?

Sí, me costó mucho en su momento. Toda tu vida jugando y un día te levantás y no tenés que entrenar, es como que te falta algo. Definitivamente me costó mucho hacer el clic de darme cuenta de que se me había pasado la ola, de darme cuenta de que ya era demasiado grande como para seguir en lo que estaba y que mi tenis no me daba para estar entre los mejores 100 o 150 del mundo.

Si lo ves a la distancia te das cuenta que es muy duro sostenerse entre los mejores, pero cuando estás ahí en el circuito tenés en la mente que vas a llegar, o que tenés que llegar. Por suerte me di cuenta a una edad que me permitió insertarme rápidamente a hacer otras cosas, estoy agradecido a haber hecho ese clic a tiempo.

¿A qué te dedicás hoy?

En Estados Unidos estudié Administración de Empresas y desde que entré en el mundo laboral siempre trabajé en empresas. Hoy soy Gerente General en una compañía que fabrica y distribuye envases en Uruguay y en toda la región. Y también sigo jugando al tenis, con mis compañeros de toda la vida.

¿Seguís el tenis de hoy?

Sí, el tenis profesional hoy vive su mejor época, estos últimos 15 años con tres bestias como Nadal, Federer y Djokovic han sido un placer porque ellos se han ido empujando para mejorar, y atrás viene una camada joven que viene tratando de ganar notoriedad. Es un momento súper interesante.

Como algo también muy positivo noto que hay una intención de hacer crecer al deporte. Cómo dije antes, es difícil que alguien que no está entre los 150 mejores del Mundo pueda vivir del tenis, y si te fijás, las diferencias tenísticas entre un 250 y los top no son demasiado grandes, la principal distancia es mental. Y realmente sabiendo eso, es muy injusto que un tenista con esas aptitudes no pueda dedicarse, por eso la ATP ha bajado los premios de los torneos más importantes para poder hacer un mejor reparto de la torta y que más jugadores puedan vivir de eso.